Cabanchik en La Gaceta de Tucumán - “En Argentina nos ha faltado construir sociedad” (17/08/08)
“Hasta que empecé mi cargo público no sabía lo que era la vida contemplativa. Y ahora sé que la vida contemplativa es lo que tenía entonces, y es lo que perdí. Es el principal contraste que puedo señalar cuando me preguntan cómo se siente un intelectual haciendo política”, afirma el filósofo y senador nacional (porteño, por la Coalición Cívica) Samuel Cabanchik, en diálogo con LA GACETA.
“La política tiene un ritmo acelerado, de respuesta rápida, de salir hacia el exterior. Lo contrario de la filosofía, que es un trabajo de acumulación interior, de rumiar ideas, de ir asimilándolas y complejizándolas.Pero lo hago a gusto, convencido; creo que es una muy buena etapa para incursionar en la política. Me ha tocado participar en la votación histórica del Senado, el 17 de julio”, enfatizó el filósofo y político, que pasó por Tucumán invitado por el Instituto de Epistemología de la UNT.
- ¿Porqué se desprecia tanto la política? Un desprecio histórico, por otra parte.
- Sí, históricamente la política ha sido un lugar maldito de la sociedad. Hay diversos planos de la política: hay uno donde la política es el trabajo del poder; para el poder, por el poder, la acumulación del poder, su mantenimiento y su conquista. Es en ese plano donde la política se vuelve un lugar maldito, pero funcional al colectivo, a la sociedad. La sociedad dejó en manos de la política muchas de las cosas que sabe que le son necesarias; pero que al mismo tiempo quiere lejos, para no hacerse cargo. A partir de la modernidad, la representación política ha sido un avance en relación a épocas en las que el poder se heredaba; la política no era un espacio público de participación del pueblo. Pero también ha significado una profundización de los problemas en torno del poder.
-¿Cuáles son esos problemas?
- Ya Hobbes habló en su momento de la violencia de la naturaleza humana. Y me parece que el hombre no ha logrado todavía reelaborarse en una construcción política adecuada que, no podemos ser ingenuos, no niegue esa violencia, que es parte de nuestra condición, pero que al mismo tiempo genere instituciones republicanas que, a sabiendas de que tenemos esa capacidad de darnos muerte los unos a los otros, nos cuidemos en la fragilidad de civilización que logramos.
- Entonces, la política virtuosa no existe…
- Es siempre una tarea por realizar; es siempre un valor a adquirir. Es una fuerza que motoriza lo mejor, y al mismo tiempo lo peor del ser humano. En la política tenemos el trigo y la cizaña; y no podemos separarlos, porque separarlas es matar la política misma, y con eso la vida colectiva del ser humano.
- ¿Cómo ha vivido usted el martes 17 de junio?
- Fue un momento en el que uno sentía que estaba participando de una jornada histórica. Fue muy interesante la construcción de esos 36 votos por el no al proyecto del PE. Fue un “no” a muchas cosas. Y no sólo fue el voto de Cobos, porque eso es simplificar. Esa construcción fue un consenso para decirle “no” a cierta forma de acumular poder, de avasallar las instituciones, de ningunear muchas veces a los interlocutores. No sólo se le dijo que “no” a una mala norma, sino a una forma de ejercer el poder concentrado en el Ejecutivo en la Argentina. Y ojalá que ese “no” permanezca en nosotros, y en la sociedad. El Poder Legislativo es el aspecto más débil del sistema, porque no tiene capacidad de política, ni de fuerza directa, porque no está en las negociaciones concretas con los diferentes sectores de la sociedad. Es la voz del pueblo, pero se ejerce lejana y muchas veces de espaldas al pueblo. Es el más débil porque puede cerrarse sobre sí, pero a la vez puede ser el más fuerte, como ocurrió el martes 17 de julio, cuando se celebró la representación política como pocas veces en los últimos años.
- Usted ha trabajado desde una perspectiva filosófica la cuestión de la comunidad…
- En el pensamiento de la comunidad se anuda la posibilidad de renovar el pensamiento de la política. La comunidad puede ser lo mejor y lo peor. Es lo peor cuando la comunidad se cierra sobre sí y hace de cada miembro de la comunidad un esclavo, es lo peor cuando se enseñorea una propiedad, y se intenta someter al conjunto de los individuos la pureza de esa propiedad. En el extremo está el nazismo, que no es otra cosa. Pero si la comunidad se abre hacia un infinito de posibilidades, hacia aquello que diferencia y separa a cada uno de todos los demás; esa es la base a través de la cual se vuelven los seres humanos una comunidad. No se trata de que sea la comunidad de los arios, o de los blancos, o de los negros, o de los hombres. La condición fundamental de la comunidad es lo que nos hace ser hablantes, lo que nos hace ser seres que comparten la razón, la construcción de identidades de un modo colectivo y dialógico.
-¿Es posible llegar a constituirnos como comunidad?
- Es una dimensión siempre presente y siempre ausente. Y la he desarrollado en un libro que se llama “El abandono del mundo”. Es difícil sintetizarlo, pero lo vamos a intentar. Lo que hace posible que cualquier ser humano reconozca a cualquier otra entidad como su prójimo es esa vocación por el reconocimiento mutuo, por el contar con el otro y para el otro. Sólo esa vocación -de acumularse- es el sostén de una comunidad sana. El problema es cómo construir República, cómo construir instituciones que hagan honor a esa condición básica de los seres que participamos de la razón.
- Hay una tensión entre la posibilidad de una política de consenso , como la que que plantea Hannah Arendt, y otra de antagonismo, de confrontación, como la que plantea, por caso, Chantal Mouffe…
- Creo que esa línea que viene de una manera directa o indirecta de Carl Schmitt, que plantea la política de consenso dentro de la lógica del “amigo/ enemigo”, del enfrentamiento constante, está desviada. Obviamente, el interés, la conveniencia, el pragmatismo, el cálculo son elementos racionales del ser humano. Lo que pasa es que deben estar guiados por una valoración superior, pero no son en sí mismos negativos. Son necesarios para la construcción colectiva y para la vida en su conjunto. El problema está en que muchas veces nos falta conciencia de nuestra fragilidad, de nuestra condición débil y frágil como seres humanos. Somos al mismo tiempo frágiles hasta ante nuestra propia capacidad de autodestrucción. Creo que la lógica “amigo/ enemigo” se sostiene en esta idea: “construyamos al otro como el antagonismo al que hay que combatir para mantenernos en algún lugar de poder”.
- Sin el enemigo, no existo…
Yo no existo, y no puedo gestionar poder. Pero eso es así sólo si no tenemos la entereza de hacer de esa fuerza destructiva una fuerza constructiva.
- ¿Es un fenómeno propio de la Argentina?
- Creo que en Argentina está demasiado presente. Nos ha faltado construir sociedad, con el respeto a un conjunto de reglas o normas que le sean propias a la vida social. Entonces, tenemos una sociedad débil, que no se respeta a sí misma, y que siempre reclama un poder visualizado como externo a ella, del que no se hace cargo. Un poder que pudo ser encarnado en otras épocas por el partido militar, y que es encarnado igualmente por los representantes elegidos por voto popular dentro del sistema democrático, pero que se bastardea. Porque adoptamos una pasividad engañosa, encarnando el mal en un conductor casi autocrático al que vemos como externo a la sociedad.
- Es la sociedad diciendo “que se vayan todos”, ignorando que ella es parte de ese “todos”…
- Es que la sociedad argentina se vacía a sí misma de responsabilidad, y la descarga en otro; ayuda a sostener una especie de autocracia. Y así se presentan situaciones como la que se disparó en el año 2001; un caos en el que la sociedad se disgrega, sin puntos de referencia. Cuando en realidad ese poder absolutizado es un poder que la propia sociedad se da a sí misma cuando es pasiva, cuando no es autocrítica, cuando no asume su papel activo en las cuestiones de todos los días, en la participación activa en la vida política de consenso, en todo eso que el argentino había dejado de lado. Recordemos, sino, el “yo argentino”, que es una especie de inmunización. El “yo argentino” quería decir: “yo no tengo nada que ver con esto, yo no pertenezco”. Ahí tenemos la resistencia a la comunidad. Era el intento de que cada argentino se inmunizara respecto de todos los demás. Como diciendo: “los otros son culpables, los otros están obligados, yo no tengo nada que ver”. En lugar de respetarnos como cuerpo social, no constituimos ese cuerpo.
- ¿Cómo ve los juicios a los militares que se están sustanciando actualmente ?
- Creo que todos los militares que tuvieron responsabilidad de los crímenes durante la dictadura militar deben pagar sus responsabilidades. El único camino viable para que una sociedad se reponga de sus heridas es el de la ley, que es la que debe organizar una sociedad en un país civilizado, que no viva permanentemente en estado de naturaleza. Hobbes decía: ante el estado de naturaleza que es la capacidad de que todos nos demos muerte los unos a los otros, es necesaria la ficción del Estado. Aunque no soy hobbesiano, creo que Hobbes nos mostró un espejo en el que debemos mirarnos: en la sociedad argentina, vemos un especie de naturaleza permanente.
- ¿Como se logra constituir comunidad en una sociedad tan partida?
La sociedad argentina debe reconocerse a sí misma, y a partir de la verdad y la justicia, debe superar sus diferencias. Hacerse cargo del pasado, pero no repetirlo más. Hacernos cargo de que hemos sido una sociedad violenta, dividida, irresponsable desde el punto de vista público; hacernos cargo de eso, para liberarnos de eso de una buena vez. Me parece que lo que pasó en estos días fue un logro en esa dirección, y debemos atesorarlo. Los responsables de haber actuado criminalmente en la Argentina deben hacerse cargo, y en este caso les toca a quienes tuvieron el poder del Estado pagar esa responsabilidad judicialmente. Pero también es hora de que el peronismo se haga cargo de los crímenes de la Triple A. Ya en el 75 hubo desaparecidos, y eso se oculta. También deben hacerse cargo los grupos armados de haber generado prácticas de violencia.
-¿Equipara esos hechos con el terrorismo de Estado?
- Por supuesto que no es lo mismo que el terrorismo de Estado. Pero cada cual debe hacerse cargo de la parte que le toca. Hace poco hubo una polémica entre gente que participó en la violencia de los años 70. Uno de ellos, un intelectual como Oscar del Barco, daba testimonio de que ese no es el camino que debía seguirse. Y se le tiraron encima, aun cuando lo respetan intelectualmente. Hay en la sociedad argentina, incluso en expresiones intelectuales, una violencia política y social que todavía es demasiado activa. Y no conozco otro camino que debatir estas cuestiones, porque eso ayuda a pacificar. Los seres humanos somos potencialmente violentos, pero también podemos redimirnos de esa violencia. Y la mejor redención la podemos encontrar en la convivencia comunitaria.
Nota original en La Gaceta de Tucumán



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