Elogio de la infinita comunidad

El abandono del mundo. Un título enigmático que despierta inmediatamente deseos de saber, de abrir el libro para comenzar su lectura. El abandono del mundo. ¿Quién lo abandona? ¿Por qué lo abandona? ¿A dónde es abandonado? ¿O es el mundo el que abandona, abandona a alguien, o nos abandona? ¿Qué nos sucederá o nos sucede ya con este abandono?

En seguida remitimos imaginariamente el argumento a otros casos en los cuales el mundo ha sido un objeto filosófico explícito. El mundo como voluntad y representación, desde luego, pero también el desafío de la Tesis XI de Marx, que tanta inspiración filosófica produjo a lo largo de 150 años, no obstante constar de apenas una línea: “los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo de diferentes maneras; ahora importa transformarlo”. Y también podemos pensar en un libro llamado Los límites del mundo, y también en otro que comienza con una línea breve y misteriosa: “Die Welt ist alles, was der Fall ist” –”el mundo es todo lo que acaece”, o lo que es el caso. Todo esto se convoca en la imaginación.

En el caso de El abandono del mundo, podría parecer que se inscribe en una tópica de la filosofía contemporánea, designada por temáticas tales como el abandono (o la retirada: le retrait) de lo político; el “abandono de las palabras”, así como, en general, el “fin de la filosofía”.

No obstante, sin eludir las encrucijadas que se abren a partir de esta experiencia de la clausura –al contrario-, se trata aquí de una reflexión diferente, que se vale con notable libertad de aportes filosóficos muy disímiles, provenientes de la fenomenología, la filosofía del lenguaje, la filosofía política o la misma literatura, como si todo esto no fuera más que un cajón de sastre que guarda de manera más o menos anárquica lo necesario para pensar. El abandono del mundo puede ser también leído como un coloquio en el que intervienen Wittgenstein y Sartre, Husserl y Freud, pero también Murena y Donald Winnicott; Borges y Roberto Esposito; Rancière y Gilbert Simondon… No para reproducir las ideas que esos nombres encierran sino para pensar con ellos. Incluso allí donde se trata de un excurso; o donde se precisa conjuntar elementos extraños entre sí para producir una fecundidad filosófica determinada (Cabanchik no teme aproximar un paraguas y una máquina de coser sobre una mesa de disección cuando es pertinente hacerlo), incluso allí, el ensayo sigue una composición estricta y va creando un magma de ideas y de argumentos siempre creciente que vuelve la conversación más aguda cada vez.

El abandono del mundo explora el genitivo objetivo tanto como el genitivo subjetivo inscriptos en la expresión. Y lo hace conforme una reflexión absolutamente despojada de patetismo. No hay aquí melancolía, lamento ni luto, sino constatación y tarea. Según creo, el punto de partida de esta tarea del pensamiento, aunque en ningún lado el texto lo diga en modo explícito, es la clausura de la idea de revolución. O, digamos con más prudencia, su eclipse, pues en realidad nunca estamos del todo seguros si lo que desaparece desaparece para siempre o de manera transitoria.

El estado del mundo en nuestro momento post-revolucionario es designado aquí con la palabra “abandono”. O de otra manera, “mundo es hoy sólo economía de la imagen”, llevando al extremo lo que Guy Debord y la vanguardia situacionista constataron hace cuarenta años: la imagen como forma al fin hallada de la mercancía, y el capitalismo total como sociedad del espectáculo. Esta condición, nuestro “estado de cosas” en sentido estricto, busca ser aquí aprehendido con una metáfora eficaz: la máquina de las experiencias. El mundo como máquina de experiencias es exactamente la forma que adopta su abandono; de otro modo: una producción de experiencias despojadas de relato –no sólo de Grandes Relatos sino en general de todo relato. En otros términos, “una cotidianeidad que se organiza masivamente en medio de engaños e ilusiones” –pero que no tiene la estructura de la ficción por cuanto si bien para su disfrute la ficción exige la suspensión de la incredulidad, nunca pierde la conciencia de que lo es, la conciencia de ser un “fingimiento lúdico compartido”, según su determinación pragmática.

En la hipótesis del mundo como máquina de experiencias –si no entiendo mal otro modo de decir “sociedad del espectáculo”-, quienes están reducidos a ella no tienen conciencia de estarlo. La producción de esa conciencia –de un relato acerca de la experiencia que no sea él mismo una experiencia programada por la Máquina- supone ya su destotalización, y conlleva por tanto una dimensión práctica.

La máquina de experiencias prescinde no sólo del relato sino también de todo legado (aunque sea capaz de hacer también con la memoria una mercancía más). En un ensayo dedicado precisamente a la experiencia, Benjamin recordaba los libros de cuentos en los que se narra la fábula del anciano que en su lecho de muerte hace saber a sus hijos que en su viña hay enterrado un tesoro escondido. Estos cavaron toda la viña pero no hallaron tesoro alguno. Sin embargo, cundo llega el otoño, la viña aporta como ninguna otra en toda la región. Entonces comprenden –dice Benjamin- que el padre les legó una experiencia: la bendición no está en el oro sino en el trabajo. El enorme desarrollo de la técnica en conjunción con la guerra –constataba Benjamin- tiene, entre tantos otros efectos un empobrecimiento de la experiencia: “la pobreza de nuestra experiencia no es sólo pobre en experiencias privadas, sino en las de la humanidad en general. Se trata de una nueva especie de barbarie”.

Conforme una peripecia que no es infrecuente en la historia de las palabras y las cosas, lo que Benjamin registraba como pobreza se ha invertido ahora en un paroxismo –lo que no hace sino consumar un mismo y único movimiento. La expresión “Máquina de experiencias” es en realidad paradójica, si es verdad que la etimología de experiencia alude precisamente a la exterioridad y al viaje. Y de allí su eficacia. En cualquier caso, la perspectiva que adopta El abandono del mundo no es ontológica sino analítica e históricopolítica. Y si Heidegger es convocado permanentemente –cómo podría no serlo- es para tomar distancia de él y recuperar la palabra “humanidad” para la conversación filosófica. Una humanidad que se construye y conserva siempre una “posibilidad de mundo”. Cabría preguntarse si hay pasiones del mundo, y cuáles son. Si hay, en efecto, un deseo de mundo, un amor mundi –sobre el que tanto ha insistido Hannah Arendt-, o bien, como sostuvo Hans Jonas, una pietas y una responsabilidad, conforme una ética ya no circunscripta a los vivos sino también inclusiva de los no nacidos y en general al mundo como tal –hasta ahora sólo objeto de técnica.

En este caso, Samuel Cabanchik sostiene que “el abandono del mundo es un efecto inmediato de la obturación de la política”, y su retorno presupone por consiguiente una recuperación de la política como poder instituyente. Y es en este punto que encontramos uno de los aportes de libro que a mi modo de ver presentan mayor interés, un aporte que interviene en una movida por la recuperación del concepto de comunidad en buena parte la filosofía política actual. Concepto que lleva inscripto la deriva histórica reciente y que, por lo mismo, conlleva una herencia de significado muy particular, se trata de un esfuerzo teórico por salir de la dicotomía entre Gesellschaft y Gemeinschaft, que Ferdinand Tönnies estableció paradigmáticamente en un libro clásico de fines del siglo XIX. Si el concepto de “sociedad” es el que está en el centro de la tradición liberal, el de “comunidad” en sentido sustantivo y esencialista ha sido tradicionalmente uno de los términos fundadores de la derecha teórica y política, hasta alcanzar una de las tematizaciones más extremas en contigüidad con motivos inscriptos en la expresión Blut und Boden. Sin embargo, no debemos olvidar que la palabra “comunismo” la encierra igualmente.

Desmantelar la apropiación sustancialista de la idea de comunidad –a mi modo de ver aún incólume en los comunitarismos actuales- ha sido uno de los mayores desafíos del pensamiento contemporáneo, que ha acuñado vocablos orientados para pensarla de otro modo: “comunidad que viene”, “comunidad inesencial”, “comunidad inconfesable” “comunidad inoperante”, “comunidad en construcción”, “comunidad nouménica”, “comunidad de la muerte” o “comunidad de los amantes” son algunos de ellos. En todos los casos buscando dar nombre a la idea paradójica de una “comunidad de los sin comunidad” –según la expresión blanchotiana, retomada luego por tantos otros.

Cabanchik acuña en este caso la idea de “comunidad infinita”, como contraconcepto de “comunidad cerrada”, y dice: “El sentido de infinito que aquí importa sólo secundariamente es el de la incorporación sin exclusiones y sin límites de todos los seres humanos en una única comunidad abierta. El sentido primario y fundamental es el que constituye el vínculo entre los semejantes, y entre cada existente y él mismo. Hay comunidad infinita cuando entre dos semejantes ninguno es para el otro ‘Otro del Otro’”.

Por tanto, comunidad sin fundamento. No comunidad a la que se pertenece sino comunidad que se construye; no destino, no necesidad sino libertad, positiva libertad irreductible a la mera asociación en procura de conveniencia propia o interés privado.

Comunidad de los diferentes (al final de su vida, el viejo Sartre habló en alguna parte de un “comunismo de los singulares”, idea que dejó sin desarrollar y que tal vez sea nuestra tarea hacerlo). Comunidad infinita, pues, como posibilidad de retorno al mundo.

Me detengo aquí. Y concluyo diciendo que El abandono del mundo es un libro que afronta el riesgo de pensar, y, por ello mismo, se sustrae afirmativamente a lo que a mi modo de ver es la amenaza mayor que acecha a la filosofía argentina –o, digamos mejor, a quienes en la Argentina llevan adelante una antigua práctica con las palabras, muy extraña y singular, a la que desde hace siglos se le adjudica el nombre de filosofía. Y esa amenaza a la que me refiero es la burocratización del pensamiento –en realidad monstruo semántico por cuanto el pensamiento como tal es refractario al encorsetamiento burocrático, pues deja de serlo en el exacto momento en que sucumbre a él. De manera que la amenaza es la burocracia a secas. Frente a la cual será necesaria una filosofía política –tomando el adjetivo en sentido fuerte-, y una política de la filosofía que proteja su potencia para pensar el mundo –o el abandono del mundo- de los embates muy bien financiados que redundan en su domesticación. En otros términos, la exigencia que quisiera individualizar se cifra en la pregunta que se plantea las condiciones de preservación de la filosofía como potencia democrática –no en el sentido restringido de su intervención en un régimen político (aunque también en ese sentido), sino en el sentido que le confería Castoriadis por ejemplo-, y evitar su autoanulación como fetiche burocrático (problema que, por lo demás, claramente, no coincide, o no exactamente, con la discusión acerca de su profesionalización).

Quiero decir que, libros como El abandono del mundo son muy importantes en esa batalla en curso, que no es otra que el viejo combate por la libertas philosophandi, donde el mayor obstáculo para esa libertad de pensar no es tanto –como en tiempos de Descartes, Spinoza o Kant- la censura y la persecución, sino uno mucho más eficaz en cuanto no aparece como tal: la mercantilización de las ideas, el disciplinamiento (en todas las acepciones de la palabra), la imposición de una lengua única en las universidades y la cancelación del pensamiento bajo los formatos productivista que el Capital le tiene asignado.

He querido decir con todo esto que fue para mí un placer haber podido leer El abandono del mundo.

Diego Tatián

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