“Argentina, estado en liquidación” (27/11/09)
Desde su fundación, el Estado argentino vive un movimiento pendular, entre dos polos: uno en el cual pretende consolidarse como una fuerza de unidad nacional, otro opuesto en el que se acerca peligrosamente a su despedazamiento y extinción finales. Frente a esta hipótesis o esta descripción, preguntémonos quién o qué empuja el péndulo, en qué momento estamos ahora y cómo creemos que terminará el asunto.
Sociedad, corporación e individuo
El modelo Estado-Nación es una construcción moderna que, aunque profundamente debilitado, sigue organizando la vida de los pueblos sobre la tierra. Sin embargo, hay un proceso acelerado de agudo debilitamiento generado por múltiples factores, entre los que cabe destacar la globalización económica, financiera e informacional, el terrorismo desterritorializado y, sobre todo, la impotencia de “El Sistema” para dar respuesta a las demandas y expectativas de la mayoría de la población mundial..
En nuestro país, el Estado-Nación nunca llegó a consolidarse del todo ni dio respuesta adecuada a la sociedad, pero no tanto por los factores antes invocados para explicar la situación general, sino por la propia impotencia de la sociedad argentina, incapaz de autogobernarse de un modo inclusivo e integrador. Esta situación ocurre porque en cada argentina y argentino conviven sin vincularse coherentemente el individualista y el corporativista. El primero es celoso de sus derechos, incluso altivo, orgulloso de ser argentino en tiempos no muy remotos. El segundo, en cambio, es indiferente al estado de derecho. Suele pedir “mano dura” y permanece pasivo de cara a la solidaridad y a la responsabilidad con los asuntos públicos, convirtiéndose en un instrumento dócil del poder corporativo mientras se beneficie personalmente con ello.
Para decirlo claramente: cada vez más se avanza hacia un status quo en el que se establecen asociaciones entre corporaciones que utilizan al estado para gobernar la Argentina y extraer poder económico y físico sobre el resto de la sociedad. En este proceso, nuevamente la mayoría del pueblo queda afuera, beneficiándose de rebote los menos y perjudicándose también de rebote los más.
La impotencia institucional
En este estado de cosas las instituciones del estado son impotentes para reconducir el proceso de consolidación nacional. En el límite, la división de poderes es una ficción y el orden federal una mascarada para que el poder corporativo y decididamente faccioso se reparta la renta, la fuerza e incluso, algún día quizás el territorio. Ese día la liquidación del Estado argentino se habrá completado. Si así ocurriera: ¿sobrevivirían Nación y País o estallarían en beneficio de los designios de las facciones triunfantes?
Correr el riesgo de la disolución nacional es un precio impagable; al menos mucho más costoso que el que debiéramos pagar por darle poder a las instituciones del sistema, con lo que en todo caso podríamos intentar mejorar al menos en diseño y en canales de participación.
En Argentina sigue siendo cierto que sólo la fuerza genera derecho y nunca el derecho genera fuerza por lo que mientras siga siendo así no seremos un Estado-Nación democrático y republicano, sino inevitablemente autoritario. En el fondo, no cambió tanto nuestro país en este aspecto, pues el ordenamiento institucional sigue siendo menospreciado por la mayoría de los argentinos, caldo de cultivo para que cualquier forma de autoritarismo se enseñoree de la vida y de la muerte.
Una mirada al futuro
Siempre es temerario pretender la profecía, por lo que sólo a modo de conclusión a partir de la hipótesis o descripción formulada, es posible ver que en el futuro inmediato se abren tres caminos: 1) la continuidad de este movimiento pendular hasta que se conquiste una estabilidad en alguno de los dos polos; 2) la salida violenta, sea por la vía del autoritarismo de estado, sea por una situación de equilibrio en la lucha de las facciones; 3) la salida institucional, que lleve a un progresivo aumento del compromiso de la mayoría con el orden constitucional y, bajo su amparo, con políticas de estado inclusivas.
Para que el lector pueda comparar fácilmente la diferencia entre estas tres vías, escojamos una cuestión específica: los planes sociales. Si se adopta la primera vía, el plan social aparece como un beneficio al que no se tiene derecho sino que se lo recibe o no según el poder autoritario de quien lo ostente. El segundo camino, siendo parcialmente inclusivo y connotando derechos, nos expone a dos peligros: que la fuerza no sea ya monopolio del estado y que se generalice un orden de violencia injusto para todos aquellos que no formen parte de las facciones preponderantes, con la consecuencia de que, como en la primera vía, solo queda consagrado el derecho de la fuerza.
Finalmente, si los planes sociales son políticas de estado, universales y protegidas del poder corporativo por adecuados mecanismos institucionales y por el compromiso con reglas de juego igualitarias para todos, con orientación reparadora hacia los más necesitados, la violencia cederá en beneficio de una convivencia más pacífica. Es cierto que algunos serán menos poderosos, pero el conjunto de la sociedad argentina lo será más y, con ella, la Argentina como Estado-Nación correrá la suerte de cualquier otro, pero podrá incidir hacia dentro con mayor bienestar para su población y, hacia fuera, con mayor peso en el conjunto de las naciones. Todavía está en nuestras manos elegir el camino, pero tal vez no por mucho tiempo más.
Samuel Manuel Cabanchik
Senador Nacional CABA
ProBAFe (Proyecto Buenos Aires Federal)

Entradas RSS 






