Intervención del Senador Cabanchik en la sesión del 09/10/09 – Debate sobre la Ley de Medios
Si yo estuviera seguro de que esta ley nos lleva de nuevo al medioevo —aprovecho las resonancias del discurso del senador preopinante—, la verdad es que la votaría en general y en particular. Me gustaría tener esa aventura. Por momentos, pensé que nos llevaba al medioevo, que nos iba a desconectar de una gran sala de televisión, de una especie de máquina de experiencias que nos programa constantemente; pero no, no creo, porque yo no subestimo al pueblo argentino y no subestimo a cada uno de nosotros. Creo que no nos llevarían al medioevo de prepo por la aviesa utilización de las tecnologías audiovisuales.
¿Por qué digo que festejaría y acompañaría este proyecto si nos llevara al medioevo, aunque por momentos parecería que nos quiere llevar al medioevo? Bueno, las catedrales son mejores que la televisión —yo también firmaría eso—, pero lo firmaría porque creo que, efectivamente, estamos dominados por lo que podemos llamar efecto medios; y esto, el modo en que se está tratando este proyecto de ley hoy y en el que se ha tratado en la Cámara de Diputados en oportunidad de su sanción y el modo en el que la presidenta de la Nación lo propuso en su momento es mediático.
Quisiera recordar un episodio ocurrido hace pocos días, que, en realidad, me pareció un episodio obsceno. En el momento en el cual estábamos aquí despidiendo a Mercedes Sosa, a quien hoy tan justamente homenajeamos, se atrasó un partido de fútbol para que se pudiera televisar el momento en el que la presidenta y el ex presidente despedían a Mercedes Sosa, para mostrar por los medios de comunicación lo compungidos que estaban. No discuto, no cuestiono ni pongo en duda la autenticidad de la emoción y de su expresión, pero se utilizaron los medios para mostrar eso al público, y se atrasó un partido de fútbol para dar lugar a esa transmisión. Quiere decir que el gobierno está envuelto en el efecto medios.
No puedo dejar de pensar, aunque no tengo por qué presumir que es totalmente certero —pero es lo que pienso y, a lo mejor, lo creen muchos argentinos— que la noche del 28 de junio, la interpretación de la derrota fue “Nos ganó Tinelli”, “Nos ganó la caricatura de De Narváez en el programa de Tinelli”, programa al que muchos políticos fueron aceptando la lógica de los medios. Esa mediatización de la política es algo que se nos ha impuesto.
Todos estamos comprometidos con ello. El gobierno también. Por eso pienso que, increíblemente, después del 28 de junio, luego de una llamada al diálogo político con el argumento de recuperar siempre la posibilidad de discutir una reforma política, hoy estamos —a tan poco tiempo— discutiendo este proyecto de ley.
¿Es importante tener una ley de medios de la democracia? Sí, lo es; todos podemos compartir ese objetivo. ¿Pero de esta manera? Esta manera de imponernos la discusión, de imponernos ciertos tiempos y ciertas formas, es directamente producida por el efecto medios.
¿Esta era la agenda del pueblo argentino? La agenda no la puso el pueblo. ¿Esta era la agenda de los medios de comunicación privados, de los multimedios a los que se demoniza en esta discusión, por lo menos, por parte del oficialismo? Tampoco es este tema algo que hayan puesto los medios. Entonces, ¿quién pone esta agenda en la discusión? El propio Poder Ejecutivo nacional o, más ampliamente, el propio oficialismo. Es decir, el oficialismo ha puesto esta discusión en la agenda, y es la primera gran discusión que pone como nueva o estratégica después de la derrota en las urnas del 28 de junio. Esto me parece, al menos, incongruente con la realidad que estamos viviendo y con las necesidades postergadas del pueblo. El pueblo no estaba clamando por tener una participación en la palabra, sino en la comida, en el techo propio, en el trabajo y en la dignidad. Pero no estamos haciendo nada por ellos, y eso sigue empeorando en la Argentina.
Es una pena que estemos debatiendo de esta manera, porque hoy podría ser uno de esos pocos días que marquen un hito histórico en la vida democrática de nuestro país; porque podríamos estar siendo protagonistas; los que le dieron a los argentinos una nueva ley de radiodifusión, moderna, acorde con los avances tecnológicos, que asegurara el pleno derecho de los habitantes a la libertad de la información y al pluralismo respetuoso de la diversidad.
Podríamos ser los hacedores de una herramienta eficaz contra los monopolios u oligopolios en la propiedad y el control de los medios de comunicación. De igual modo, hoy podríamos ser los legisladores que pusieran fin a más de veinticinco años de impotencia legislativa para derogar una ley de radiodifusión que, quizás, como ninguna otra norma de la dictadura, plasmó el pensamiento autoritario y represivo inspirado en la nefasta doctrina de la seguridad nacional.
Sin embargo, si hoy convertimos en ley la sanción de la Cámara de Diputados, no vamos a haber logrado todo eso, sino que vamos a haber reproducido una vez más una lógica de confrontación, que parecer ser el único instrumento de gobernabilidad de la gestión Kirchner. Esta me parece que es la principal dificultad y gravedad de este debate, cualquiera sea el resultado; porque si hoy se consagra esta norma, será algo malo en algún sentido, y si no se consagra, será malo en otro. Esto es una debilidad intrínseca del modo en que gobierna el Poder Ejecutivo nacional.
Me voy a permitir leer un párrafo de un filósofo que ha publicado hace 150 años un texto llamado “Sobre la Libertad”. Hace poco, hicimos un homenaje a ese texto en la universidad pública, con la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA.
Lo que decía John Stuart Mill es lo siguiente: En política, casi es un tópico que un partido de orden y de estabilidad y un partido de progreso o de reforma son los dos elementos necesarios de un Estado político floreciente. Esto —reitero— fue dicho hace 150 años por un pensador del liberalismo, y lo repito, porque me parece interesante proyectarlo a nuestra realidad política de hoy. Continúo; decía: En política, casi es un tópico que un partido de orden y de estabilidad y un partido de progreso o de reforma son los dos elementos necesarios de un Estado político floreciente, hasta que uno u otro haya extendido de tal manera su poderío intelectual, que pueda ser a la vez un partido de orden y de progreso, conociendo y distinguiendo lo que se debe conservar y lo que debe ser destruido.
Considero que el problema que tenemos es que el Poder Ejecutivo nacional no es ni un partido de orden ni un partido de progreso. Está al mismo tiempo en la revuelta y en la gobernabilidad. Y no se puede estar en los dos lados al mismo tiempo. Entonces, se encierra en una situación permanente de creación de conflicto y pone a andar —y esto también es un efecto medios— un significante, una expresión, por ejemplo, la 125; y luego, se divide en el campo total de la significación en los amigos de la 125 y los enemigos de la 125; los propios y los ajenos. Esto se ha venido haciendo pronunciadamente desde que Cristina Fernández de Kirchner está ejerciendo la primera magistratura. Hoy es la ley de medios. Se está a favor del proyecto del Poder Ejecutivo o en contra, y eso divide completamente el campo de la significación social, cultural, política y pasional de los argentinos.
Pero esto no es así, porque afuera de estos dos polos, quedan los indiferentes, los dudosos, los ambiguos, los excluidos y aquellos a los que no les atañe en forma directa la cuestión. Los 13 millones de pobres que tiene la Argentina no deben estar pendientes ni deben tener como una prioridad este debate. Entonces, seguir dividiendo a los argentinos ¿es la forma de gobernar nuestro país? Es obvio que este proyecto no potencia el desarrollo del sector de los medios audiovisuales. Habría que ver cuáles son todas las consecuencias. Hay algunas que inmediatamente podemos imaginar, y son negativas. Ya se han dicho mucho en el debate de hoy y, seguramente, las seguiremos apuntando en el tratamiento en particular cuando discutamos los diferentes artículos.
Pero creo que la principal cuestión ronda en la libertad de expresión, conectada por la tradición más importante del pensamiento occidental. Así, podemos hablar de Kant y del propio John Stuart Mill, entre tantos otros. Conectada —digo— la libertad de expresión con la libertad de pensamiento, cabe señalar que no hay libertad de pensamiento sin libertad de expresión. La libertad de expresión es un ejercicio público; la libertad de pensamiento podría ser vista como algo del fuero privado. Pero el derecho a la libertad de pensamiento requiere el hecho de la libertad de expresión.
Ahora bien, la libertad de expresión requiere, a su vez, de medios para poder ser expresada; de medios que sean masivos, que tengan gran alcance y que no puedan ser cooptados por ningún poder monopolizante u oligopolizante.
Mi madre, seguramente, ha querido seguir el debate durante toda esta tarde para ver cómo andaba el nene, y muchas veces prendió Canal 7, y ya se cansó de gritar todos los goles, sin lograr seguir el debate del Senado de la Nación por Canal 7. Espero que esto no sea lo que ocurra de ahora en más, con tantas situaciones fundamentales por las que estamos transitando. Entonces, ¿por dónde se ha podido seguir este debate? Mal que les pese a aquellos que están denostando a través de esta norma a cierto sector en particular, lo siguen por TN, que levanta la transmisión de Senado TV. En fin, digo esto como una nota de color, pero también tiene su grano de verdad.
El proyecto que estamos discutiendo contiene, a mi modo de ver, dos dimensiones. Por un lado, tiene una dimensión central ordenadora, porque está bien escrito, bien hecho y bien pensado: es un proyecto para concentrar el poder a través del dominio de los servicios de comunicación audiovisual en la Argentina. A mí me parece que el oficialismo puede pretender hacer esto, es decir, defenderlo y hacerlo aprobar, y si tiene número en el Congreso, adelante. A su vez, tiene que asumir las consecuencias.
En las sociedades contemporáneas y complejas como la nuestra, el Congreso Nacional debería ser considerado como una instancia de mediación para que la violencia sea desviada, aminorada y no pueda enseñorearse de la vida de toda una nación. Pero el Congreso se devalúa cuando esta Cámara —Cámara revisora al fin— no puede revisar, porque hay una situación, podría decir —cayó mal en su momento— de pantomima o de simulación de debate. Creo que lo que hacemos tiene un valor en sí; tiene un valor en sí lo que ejercimos en los plenarios de comisión y tiene un valor en sí esta sesión también. Lo que da pena es que tanto esfuerzo que ponemos —riqueza argumental, de imágenes, asociaciones, citas, compromiso, pasión— no dejamos que ejerza fuerza sobre las conclusiones.
En las conclusiones, ya todos estamos donde estábamos previamente. Por lo tanto, el debate no tiene eficacia real; tiene el valor de ser expresivo y de poder enriquecer el lenguaje y la inteligencia de todos aquellos que lo siguen y de nosotros mismos, naturalmente, pero no le damos la eficacia de cambiar nuestras acciones. Eso obedece a otros resortes. ¿A cuáles? Uno puede decidir porque se somete a un interés determinado o a un alineamiento de una fuerza determinada, a una identidad o a una tradición. Reivindico que el legislador tiene que hacer de la razón una fuerza decisiva, es decir, una fuerza superior a cualquier otra. El lenguaje tiene muchas variantes. La razón es una. Ahora bien, el problema que tenemos es que no dejamos que la razón adquiera fuerza propia, y la verdad es que sólo en el terreno de la razón ejercemos la libertad de pensamiento y de expresión.
Cada vez que la retórica nos hace pervertir el orden de las razones, se ha depuesto la libertad, está derrotada porque ya estamos atados a la no libertad, a la fuerza de hechos, de intereses, de ambiciones, de fidelidades y del “gana-pierde” en el que estamos constantemente encerrados. La verdad es que no tengo mucha esperanza de que esta reflexión compartida vaya a hacer cambiar su voto a los legisladores que ya han asumido qué van a votar hoy.
No me sorprende que estemos debatiendo este tema después del 28 de junio y de la convocatoria al diálogo político; aunque un poco me sorprende, porque sigo teniendo alguna ingenuidad y alguna esperanza. Esperaba que después del 28 de junio otra cosa pasara en la Argentina y no que estuviéramos profundizando ese camino peligroso por el que ya venimos andando. Nos achicamos como Nación, nos enfrentamos en el discurso, hay enfrentamiento en las calles, hay exclusión social, no se cree en un horizonte posible de mejoramiento para la Argentina. Hoy la Argentina es más chica que lo que soñó ser, que lo que tal vez alguna fue y que lo que deseamos que sea. ¿Es la Argentina hoy un país de 40 millones? Decíamos que podía ser un país para 400 millones y sólo tenemos, quizás, un país que incluye a 15 millones. Se discute con pasión este proyecto de ley cuando la Argentina se encuentra en este proceso, del cual podemos hacernos responsables todos, pero cada uno en su medida y si quieren, también, armoniosamente; pero mayor responsabilidad le cabe al gobierno nacional en el Poder Ejecutivo, mayor responsabilidad le cabe al oficialismo.
Hablé del efecto medios. Es evidente que los medios masivos de comunicación son un arma de doble filo porque, al mismo tiempo, pueden potenciar el ejercicio de la libertad de pensamiento y de expresión, y pueden, también, aplastarlo, porque los medios de comunicación coaccionan también nuestra mente, nuestra capacidad de diálogo interior, de expresión exterior, y nos uniforman el pensamiento. No estoy defendiendo aquí ni a un grupo en particular ni, en general, a la lógica más mediática. Por el contrario, quisiera rescatar a la cultura y a la política de la victimización que se le hace diariamente por la tiranía de la imagen, del discurso rápido, del pensamiento esquemático y de la tergiversación.
El señor senador Calcagno manifestaba que los medios de comunicación construyen realidad. La verdad es que también las instituciones y nuestros discursos la construyen. No me parece bien la tiranía que ejercen los medios. Pero no está en nuestras manos individuales, ni siquiera colectivas, la posibilidad de cambiar el orden de las cosas, que es el orden mundial. La Argentina está en ese orden. Esa globalización se expresa también por la lógica más mediática. Pero, por lo menos, rescatemos un debate en el Congreso nacional; por lo menos, rescatemos los proyectos de ley y la forma en que se los va a discutir a partir de la Presidencia. No nos sometamos a esa degradación cultural y social que significa el dominio de los medios. Me parece que el gobierno es cómplice de ello: sólo quiere tener el instrumento para volcarlo a su favor, y esto lo sabe todo el mundo.
Hoy a la mañana, cuando estaba tomando el café donde habitualmente lo hago, el mozo me preguntó sobre quién gana y quién pierde; qué quieren unos y otros. O sea, hacémela corta, hacémela fácil. Es fácil: si el gobierno gana, tendrá más poder a través de los medios; si el gobierno pierde, no lo tendrá. Ustedes dirán: claro, lo tendrán los que hoy lo tienen; pero ¿quién lo tiene? ¿No hay en eso una fantasía? Yo puedo decir que aquí quien gobierna a través de los medios no es nadie, es un gobierno anónimo.
Mi amigo Miguel Wiñazki, pensador de los medios y filósofo también, en el libro que se llama La Noticia Deseada dice que la noticia deseada es, de alguna manera, quien gobierna. La noticia deseada no es la que algún maniático o algún demonio detrás de un escritorio ha definido en un grupo privado y tampoco en una oficina del gobierno nacional.
La noticia deseada es la que ni siquiera sabe el pueblo. Vamos al caso de nosotros: ni el pueblo argentino sabe qué noticia desea. Hay una cosa extrañísima: la noticia aparece, la noticia se impone. Y esa noticia, ¿quién la quiere? La quiere un colectivo, un anonimato, que la impone así y, en realidad, no se sabe por qué es así. Yo creo que el gobierno nacional tiene la ilusión de que va a poder poner su noticia, la noticia que desea imponer a través de los medios. Pero esa es una batalla inútil, es una batalla perdida de antemano.
Seguramente, muchos de nosotros debemos haber pasado por la experiencia de que cuando éramos estudiantes leíamos el libro que el profesor no nos recomendaba y cuando éramos profesores nos quejábamos de que los estudiantes no leían los libros que nosotros recomendábamos. Esto es así. Uno quiere sentirse libre y ejercer —ilusoriamente o no— esa libertad. Entonces, ¿qué va a buscar el pueblo? Siempre va a buscar la noticia que piensa que es la no deseada por el poder de turno. Así que esto, además de todo, es una batalla inútil; otra división inútil entre los argentinos, en lugar de estar gobernando para la unión de los argentinos, para el desarrollo de la Nación, para recuperar el tiempo perdido, para incluir a los excluidos, y podría seguir… Y ya muchos han apuntado cosas similares antes que yo.
Como todavía tengo algo de tiempo, voy a reflexionar sobre el proyecto en sí mismo. He dicho que el proyecto tenía dos dimensiones: una dominante, concentración de poder, y otra a la que llamaré efectos colaterales de la guerra contra el enemigo creado por esta lógica amigo-enemigo, que es la lógica del gobierno argentino actual. En algunos casos, el efecto colateral puede ser benéfico. En este sentido, deseo señalar, por ejemplo, el hecho de que se incluyan los pueblos originarios, las universidades nacionales, alguna cooperativa que no sea monopólica… Estas cosas pueden ser efectos colaterales benéficos de este proyecto, pero de ninguna manera son su objetivo primordial. Si esos efectos colaterales benéficos no sólo no molestan al gobierno sino que incluso son promovidos, es porque eso le ha dado apoyo, legitimación pública, porque ha incluido en este proyecto a los menos poderosos, a las voces menos fuertes; y yo creo que muchas de ellas son bien intencionadas.
Respeto los famosos 21 Puntos, así como a muchos intelectuales, comunicadores y periodistas que han estado y están sinceramente comprometidos, creídos de que esto es un mejoramiento de la situación actual; que esto libera, esto incluye palabra, esto desmonopoliza. Pero, en verdad, apelo a la razón y sigo insistiendo —casi platónicamente, si se quiere— con que es una. Si todos nos dejamos guiar sólo por la razón, concluiremos que este proyecto de ley, así como está, no puede ser realmente antimonopólico.
Esta iniciativa sí es concentracionaria, es profundamente antiliberal Hay muchos sentidos en que el liberalismo debiera ser considerado más positivamente por nuestra sociedad y, también, en el punto de esta norma. Digo esto porque se puede entender que respecto de un bien finito, como es el espacio radioeléctrico, el Estado esté obligado a excluir operadores del espacio radioeléctrico, a fijar frecuencias, porque si no, obviamente, no puede funcionar, porque hay escasez posible del recurso.
Esto está claro. También está clara la restricción al 35 por ciento, incluso en el dictamen de minoría que acompañé y con el que colaboré en su redacción. Considero que está bien mantener eso, porque no es lo mismo el cable que el diario, a pesar de que se parecen mucho. En efecto, yo puedo comprar muchos diarios distintos, pero estoy conectado a un solo cable. Entonces, está bien evitar las posiciones dominantes en el mercado de cable, pero esa es toda la regulación que podríamos hacer, pues la regulación de contenidos va en contra de la libertad de expresión.
Con relación al tratamiento igualitario de los cables y del espectro radioeléctrico, es injustificado, arbitrario; excepto por la lógica concentracionaria de la que ya hablé, como el artículo 45, que no permite esa multiplicidad de señales. Meterse con las señales y limitar las señales como se las limita en este proyecto, también es injustificado si lo que se quiere es mejorar el sistema.
Todo es justificado si lo anoto como instrumentos de la concentración de poder. Ahí todo se justifica, todo se armoniza. Pero lo que le pediría al oficialismo es que no lo haga hipócritamente, que de una vez asuma que lo que le interesa con este proyecto es concentrar el poder sobre los medios para —por esa ilusión que antes señalé— pensar que sigue concentrando el poder en la realidad. No obstante, se muestra que eso no es así; y no se va a revertir por tener más poder sobre los medios. Dejemos de pensar en esos términos. Se va a revertir si este Congreso nacional le muestra a la sociedad que puede estar a la altura de las circunstancias; si esta Cámara revisora puede, al menos, cambiar una coma —por decirlo simbólicamente—, un artículo, un contenido.
No se puede decir que hay consenso cuando sólo se está de acuerdo con los propios. Sólo tiene sentido hablar de consenso cuando se ha superado un disenso. Entonces, superemos algún disenso alguna vez. Ustedes pueden devolverle esto a la oposición. Y acá se dijo —y el senador Naidenoff lo expresó con toda claridad— que se han logrado unanimidades. Puedo citar la ley de glaciares, unánimemente votada por este Congreso. Eso sí fue consenso. ¿Y en qué terminó? Veto presidencial. Entonces, lo que hay que cambiar es la mentalidad, la construcción de poder, la gobernabilidad en la Argentina. Esto es un capítulo más de esa batalla; no profundicemos el camino hacia el lugar equivocado.
Este proyecto de ley no excluye, por ejemplo, a los contratistas del Estado, como se dijo. Eso también es funcional a la concentración posible de poder. Esta norma dejará sin voz, sin audio, sin participación a muchas radios y a muchos cables pequeños, a muchas PYMES del sector; y esto también está reconocido. Si no me equivoco, la senadora Fellner lo reconoció al decir que, justamente, con fecha 9 de octubre ha presentado un proyecto para la defensa de las PYMES, para su mejoramiento. Eso es un reconocimiento de que este proyecto las daña.
¡Cómo no va a ser necesario tener incluido un capítulo de defensa de la competencia cuando se está tratando de luchar contra los monopolios!
Sr. Cabanchik. — Rápidamente, para no pasarme del tiempo, quiero decir que hay muchas cosas de este proyecto de ley —por ejemplo, la previsibilidad, el orden de legalidad, la constitucionalidad— que son discusiones muy profundas y que ya nos hemos dado la oportunidad de tratarlas en otros debates.
Tener figuras en la norma como la falta grave, sin definir lo que es una falta grave; tener el artículo 108, inciso a), que habla de incitar al atentado contra la democracia sin precisar nada, son problemas serios de la letra misma del proyecto.
Ahora bien, o se es un partido del orden, un gobierno del orden que intenta desarrollar una Nación y, entonces, ofrece previsibilidad y respeta los contratos, o se está todo el tiempo cambiando las reglas de juego y se da la peor de las señales a la inversión. ¿No queremos desarrollar la Argentina? ¿Vamos a desarrollar la Argentina cuando les estamos diciendo a los inversores “miren que yo pateo el tablero cuando quiero o necesito”? Digo esto porque darle el plazo de un año a todas las empresas que han invertido, incluso de acuerdo con un decreto como el de 2005, que ha suspendido por diez años el tiempo de vigencia de las licencias otorgadas vigentes anteriormente, es patear el tablero. ¡Eso es patear el tablero!
Entonces, estamos equivocándonos.
Entiendo que, en este caso, el oficialismo del Senado siente que no puede, en general —porque algunos senadores sí lo han hecho—, separarse de estas órdenes del Poder Ejecutivo nacional, de esta línea que baja así, taxativa y masivamente. Pero, bueno, en algún momento habrá que hacerse cargo. Mientras tanto, así profundizamos los problemas y no los resolvemos.
Quisiera terminar leyendo un texto que me gustaría escucharle decir a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, por ejemplo, el próximo 7 de junio. Dice así: Deseo agradecerles una vez más la tarea realizada por todos ustedes al servicio de la democracia argentina a través del trabajo que significa hacer trascender a la opinión pública lo que sucede; es decir, la tarea informativa. Les agradezco lo que hacen por la democracia al criticar, porque la democracia necesita controles y tiene la característica de destapar todo, incluso las grandes equivocaciones. Les agradezco la solidaridad que incuestionablemente han puesto claramente de manifiesto al servicio de las instituciones de la Nación.
Ojalá la presidenta Cristina Fernández de Kirchner reúna a todos los periodistas, grandes ausentes de este proyecto —por lo menos, en su letra—, y les diga esto. Estas palabras fueron dichas por el ex presidente, doctor Raúl Alfonsín, el 7 de junio de 1987, a los periodistas, felicitando, celebrando la crítica como un motor de la democracia. En cambio, hoy, ¿qué estamos discutiendo?, ver cómo vencemos a los que consideramos un enemigo —más mediático— para hacernos del instrumento para conseguir fines, vaya a saber cuáles.
Estamos discutiendo mucho de medios y no de fines. Estamos discutiendo una norma que viene a quedarse más bien con los medios y que no pone los medios institucionales, la potencia de este país, al servicio de su grandeza.

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