Intervención del Senador Cabanchik en la sesión del 13/05/09 – Creación del Día de la Democracia
Señor presidente: en primer lugar, quiero expresar un reconocimiento a la bancada oficialista; a todos los colegas aquí presentes que honran doblemente por generar el debate y dar lugar a esta oportunidad de convertir en ley la instauración como el Día de la Democracia del 30 de octubre de 1983.
Es natural pensar que los representantes justicialistas en el Senado de la Nación podrían rechazar una propuesta como esta argumentando – tal vez sensatamente hasta cierto punto- que no refleja la totalidad de la voluntad popular. ¿Por qué? Porque el 30 de octubre hubo un resultado en las urnas y, entonces, estaríamos sesgando el significado de la instauración de un día de la democracia.
Por eso, adelantándome a esas suposiciones que podrían no existir y no verificarse de todas maneras en los hechos, quisiera señalar por qué el 30 de octubre.
Porque está claro para todos, y eso sí será consensuado, que la democracia en la Argentina merece una efeméride. Pienso que esto no va a ser algo polémico.
A los argentinos la democracia nos ha costado mucho trabajo, mucho dolor y mucha sangre como para darlo por hecho.
La democracia es una conquista permanente de cualquier sociedad pero en la Argentina lo es doblemente por razones históricas que todos hemos padecido o protagonizado, según sea el caso. Entonces, que exista la efeméride “Día de la Democracia”, me parece absolutamente razonable y difícilmente controvertible.
¿Por qué el 30 de octubre de 1983? Es cierto que muchas veces el orden institucional fue interrumpido por golpes de Estado en la Argentina. Entonces, esa no fue la única vez: estamos de acuerdo. Es cierto también que hubo recuperaciones democráticas, pero ni a mí ni a nadie se le ocurriría poner como Día de la Democracia algún acto eleccionario en el cual hubiera habido proscripciones. De hecho, en la Argentina muchas veces se celebraron elecciones democráticas pero “democráticas” así, entre comillas. ¿En razón de qué? En razón de que había proscripciones: por ejemplo, en 1958 con la proscripción del partido Justicialista; en 1963, de la misma manera. Así que no podrían ser esos actos de recuperación de la democracia fechas para conmemorarlas porque no era democracia plenamente celebrada con el voto.
Es cierto que 1983 no fue la única vez. Sin embargo, creo que también podríamos recuperar en esta memoria, en este debate, la importancia que tuvo 1973 para la historia democrática en la Argentina: el abrazo Perón-Balbín; aquella señal y aquel símbolo de la unidad de los argentinos. Pero todos sabemos que vino después. Y lo que vino después, entre otras cosas –y en el proyecto que hemos votado recientemente acabamos de recordar uno de los tantos episodios lamentables de toda esa historia-, fue la peor dictadura militar: lo que vino después fue el genocidio; lo que vino después fue un alerta definitivo de que perder el orden democrático es perder la única manera que tiene una sociedad de tramitar sus diferencias de un modo pacífico, inclusivo, de reconocimiento pleno de los diferentes. Es eso lo que entró en una noche definitiva con el último golpe militar en la Argentina y con la última dictadura.
Entonces, 1983 significa muchas cosas ¿Y por qué es de todos esa fecha? Porque todos los argentinos que tuvieron la oportunidad de votar desde las 8 de la mañana de aquel domingo de 1983, en ese momento, le dijeron “basta”, “nunca más a la dictadura”. El resultado posterior, haya sido el que fue o hubiera sido otro, sería lo mismo, porque el significado está en que es el voto el que recuperó, celebró y es lo que conmemoraríamos en el día de la democracia.
Además, como se ha visto en las expresiones populares de estos días, qué profundo significado conserva eso en nuestro pueblo. Pienso que va más allá del reconocimiento a la trayectoria, a la figura, al compromiso, al símbolo que Raúl Ricardo Alfonsín significó. Hace unos días, en este Senado de la Nación, se expresó no sólo el adiós y el reconocimiento a Alfonsín: creo que el pueblo volvió a celebrar, pero ahora bajo una dimensión de tristeza, aquel 30 de octubre de 1983. Me parece que eso está vivo en el pueblo argentino. Además, está viva la necesidad de celebrar cosas positivas.
Tenemos el 24 de marzo, incluso feriado nacional –por eso mi proyecto original incluía a esta fecha como feriado nacional-, para recordar la pérdida de la democracia. ¡Cómo no vamos a tener una celebración de día en que realmente la recuperamos! Ya esa corrección se hizo respecto de la Guerra de Malvinas cuando, en lugar de conmemorar el 10 de junio de 1982, empezamos a conmemorar el 2 de abril. Los argentinos tenemos que acostumbrarnos a llenar de efemérides positivas nuestra vida, nuestra memoria: no sólo las efemérides negativas. Entonces, creo que el Día Nacional de la Democracia será una oportunidad para que en las plazas y en las escuelas realmente se celebre; también para que nos recuerde de modo permanente el horror al que podemos estar sometidos o asomarnos cuando la perdemos.

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