“El desafío de repensar la soberanía sobre la tierra” (Clarín; 12/09/11)

Vivimos en una época en la que se ha vuelto más palpable que nunca, a nivel mundial, que la tierra constituye un bien escaso y no renovable. Es por ello que una regulación del régimen de tenencia de la tierra no sólo es oportuna sino también necesaria.

Una discusión posible sobre este problema se encuentra en el centro de los debates filosófico-políticos de Occidente. Si Hegel supo pensar la tierra como la condición para el principio de la vida familiar, esto es, como la base de la vida en sociedad, Carl Schmitt la elevó a uno de los principios fundamentales de la soberanía en lo que denominó el nomos de la tierra. Etimológicamente, el sustantivo griego nomos posee tres significados: tomar, dividir y explotar. Esos tres conceptos serían, entonces, los conceptos fundamentales de todo ordenamiento concreto.

La decisión sobre la tierra se ha constituido históricamente como el ejercicio soberano más patente en aquella triple operación: la conquista, la división y la explotación de la tierra.

La soberanía sobre el territorio nacional, como sabemos, comenzó con la Revolución de Mayo y se cristalizó con la Declaración de la Independencia, y es por ello que las celebraciones del Bicentenario que se extienden hasta el 2016 son, en sentido estricto, una celebración de la soberanía. Del mismo modo, la batalla de la Vuelta de Obligado, en 1845, que consolida la soberanía sobre los ríos interiores frente a las fuerzas anglo-francesas y al mundo en general, es otro mojón importante en la historia de la soberanía de nuestra Nación. En conmemoración de este hecho histórico de relevancia, recientemente se ha reinstituido el día de la soberanía nacional, esta vez como feriado.

El caso más reciente, de actual discusión pública, es el proyecto referido a la Ley de Tierras que ha enviado el Poder Ejecutivo al Congreso de la Nación. Como es sabido, el proyecto estipula un límite global del 20%, aun sometido a discusión, para la propiedad de tierras por parte de extranjeros.

En el contexto del debate de esta ley, además del argumento teórico expuesto, es oportuno recordar que hay una historia compleja en la conquista de la soberanía hacia el interior de nuestro territorio, que fue asumida como una conquista del desierto pero que, sin embargo, fue un genocidio de los pueblos originarios.

Es ocasión entonces, de pensar un nuevo concepto de soberanía, enriquecido por la reparación de los orígenes que han sido sustraídos de la base de nuestra Nación y que hacen a nuestra identidad. Llevar adelante esta discusión real y no sólo simbólica desde el propio Estado, si bien entraña desafíos profundos en los debates políticos nacionales, pondría de manifiesto una madurez política que constituiría una etapa superior para nuestra soberanía.

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